Fricciones #3: ¿Cultura vs. naturaleza o cultura con naturaleza?
Ante la evidencia de la crisis ecológica, se han multiplicado las políticas urbanas diseñadas desde conceptos como protección, sostenibilidad o renaturalización. Sin cuestionar intenciones ni resultados, en este ensayo dialogado entre dos miembros del equipo de Khora, Daniel Ayala y Luis Estellés, reflexionamos sobre la necesidad de integrar la cultura —entendida como el conjunto de conocimientos, creencias, arte, leyes y costumbres humanas— con la naturaleza y las posibilidades que nos abre esta perspectiva.
DANIEL AYALA: Para empezar, merece la pena que acordemos el marco teórico en que vamos a situar la fricción entre estos conceptos. Me gusta, por su sencillez, la distinción que establece Aristóteles entre lo natural—aquello que tiene un impulso vital interno— y lo artificial o téchne —lo que está producido por el ser humano, como es la cultura—. Aristóteles dice que la téchne no tiene como fin dominar a la naturaleza, sino que funciona como un auxilio que la asiste en la realización de sus potencialidades. Esta explicación sobre la “naturaleza” de lo artificial me lleva a pensar en algunos proyectos de renaturalización que tenemos en la oficina, como los de Fundación Biodiversidad. Y me sugiere el concepto de mediación, del que luego podemos hablar, porque define muy bien lo que estamos viviendo en muchas ciudades y territorios.
LUIS ESTELLÉS: El problema no es tanto si cultura y naturaleza se oponen, sino de qué manera se han configurado históricamente las formas de relación entre ambas y, fundamentalmente, qué posición tomamos los seres humanos. En Políticas de la naturaleza (Arpa, 2024), Bruno Latour dice: “Cuando, en el lenguaje […], se habla de las representaciones humanas de la naturaleza, de sus cambios y las condiciones materiales, económicas y políticas que los explican se sobreentiende que la naturaleza en sí, durante este tiempo, no ha cambiado ni un ápice”. La naturaleza siempre ha estado ahí; los que hemos ido cambiando hemos sido los seres humanos y nuestro punto de vista sobre ella a través de sucesivas crisis de objetividad. Movimientos como el que conlleva el nacimiento de la Ciencia —Galileo, Newton, Descartes—, que plantea que hay un mundo exterior ajeno al ser humano, que se puede medir y empezar a manipular. O la crítica formulada por Kant, en la que se asume que no accedemos al mundo “tal cual es”, sino que lo conocemos siempre a través de marcos comunes de comprensión. Con estos cambios de perspectiva lo que hay es un replanteamiento constante de la separación entre sujeto y objeto y, lo que es más relevante, de la actitud que tomamos sobre ello.
DANIEL: Efectivamente, nuestra percepción de la naturaleza ha ido evolucionando y hoy día sentimos que existe una fricción cada vez más palpable y violenta entre naturaleza y cultura. La percibimos a través de la transformación de nuestros ecosistemas o del impacto de los fenómenos meteorológicos en nuestras ciudades y territorios. Somos cada vez más conscientes de la ruptura en la que nos encontramos en relación con el planeta y de nuestra falta de herramientas para gestionarla. El químico holandés y premio Nobel Paul Crutzen situaba en la revolución industrial el inicio de esta ruptura y el paso a una nueva era a la que llamó Antropoceno. Según explicaba, la velocidad a la que la acción humana impacta en la naturaleza no permite que pueda acomodarse a estos cambios y, por eso, nuestro conocimiento paleontológico y geológico sobre la evolución de nuestro planeta ya no nos sirve para comprender y predecir patrones o procesos ecológicos. Nos encontramos sin un mapa u hoja de ruta de lo que está por venir.
LUIS: Eso que planteas de las dos velocidades —la de la acción humana y la de la naturaleza— demuestra que, aunque seamos conscientes de la ruptura, mantenemos intacto un enfoque de separación que no nos está sirviendo para entender ni abordar lo que nos pasa. No se trata de acompasar ritmos distintos ni de corregir desajustes, sino de asumir que no hay dos procesos independientes. Sólo hay una misma dinámica en la que lo humano y lo no humano están permanentemente conectados. Y quizá ahí está el verdadero problema: seguimos intentando intervenir sobre una realidad profundamente entrelazada con herramientas conceptuales que separan, clasifican y jerarquizan. Eso nos deja en una posición paradójica: somos capaces de describir la crisis, incluso de medirla con enorme precisión, pero no de dotarnos de marcos que nos permitan interpretar conjuntamente lo físico, lo social y lo político sin volver a caer en esa división. Este enfoque de dos velocidades sólo sirve para identificar y minimizar daños actuales, no para prevenir futuros. Se necesita una reformulación profunda.
Ecología política
DANIEL: Coincido en que hablar de dos velocidades sólo nos sirve en el plano teórico para visualizar esta fricción, no para operar sobre la realidad. Para ello, necesitamos herramientas que nos permitan interpretar y dar significado a la naturaleza entrelazando lo físico, lo social, lo político y lo económico. En este sentido, me gustaría rescatar para este diálogo la profundidad y contemporaneidad del concepto de “ecología”, relegado hoy por otros más simplistas como “sostenibilidad” o “regeneración”. Ecología entendida como la planteaba Bruno Latour en Nunca fuimos modernos (Clave Intelectual, 2022): un paradigma que disuelve la distinción que hacía Aristóteles entre naturaleza-sujetos y téchne-objetos. Esto nos permite entender, como sugerías tú, que no existen dos velocidades y que vivimos en un mundo híbrido donde no hay objetos naturales —montañas, ríos, bosques…— y sujetos culturales —humanos, ciudades, tecnología…—, sino una realidad hecha de naturalezas y culturas. Para Latour, no hay nada de antinatural en una ciudad o en un río contaminado; ambos son resultado de una hibridación que refleja una trayectoria física, social y discursiva que impide tratarlos como hechos puramente naturales o simples representaciones sociales. A estos elementos Latour los llamó “cuasi-objetos”.
LUIS: Precisamente los cuasi-objetos que mencionas son, desde mi punto de vista, la base de los principales dilemas que hay ahora en materia de gestión de ecosistemas y paisajes naturales. Pensemos, por ejemplo, en un río urbano canalizado o renaturalizado: no es naturaleza alterada ni infraestructura neutral, sino un ensamblaje de decisiones hidráulicas, normativas ambientales, historias colectivas de inundación, expectativas ciudadanas y dinámicas ecológicas que coexisten y se condicionan mutuamente. O en el caso de parques periurbanos y áreas protegidas próximas a ciudades, que suelen presentar una fuerte influencia antrópica histórica, pero que son gestionadas mediante figuras de protección estáticas, poco coherentes con la relación continuada que han mantenido con el ser humano. Se las concibe como espacios de conservación estricta, con limitaciones de uso, aun cuando en muchos casos los valores ecológicos que se pretende proteger son resultado de situaciones paraclimácicas: estados de equilibrio dinámico alcanzados a través de prácticas humanas prolongadas en el tiempo, y no de una naturaleza prístina ajena a nuestra intervención. Tenemos que obligarnos a asumir que no intervenimos sobre una naturaleza externa, sino sobre realidades híbridas ya configuradas.
DANIEL: Llegados a este punto, surgen algunas cuestiones clave: ¿cómo operamos en esta realidad compleja donde, además, el debate público se plantea como un ejercicio de simple confrontación entre posiciones conservacionistas y negacionistas? ¿Tenemos herramientas que nos sirvan ante este escenario incierto que nos planteaba Crutzen? Para hallar respuestas y encontrar el camino a posibles soluciones, hay que eludir la confrontación y abrazar otro concepto poco común pero muy necesario en estos días, el de la mediación. Volviendo a Nunca fuimos modernos, Latour plantea la necesidad de un proceso colectivo para abordar la complejidad de los desequilibrios ecológicos extendiendo la democracia a las cosas. Un “parlamento de las cosas” en que los científicos actúen como portavoces de entidades mudas como los ríos, la atmósfera, los bosques, etc. Así, los cuasi-objetos adquieren la condición de sujetos de derecho cuyos intereses deben ser tenidos en cuenta y equiparados al resto. Esta forma de ecología política es interesante porque nos ofrece herramientas de mediación para actuar sobre problemas medioambientales complejos.
Formas de mediación
Una vía de aplicación de esta idea que va más allá de la mera construcción teórica es el reconocimiento de los derechos de la naturaleza, un enfoque que otorga personalidad jurídica a determinados ecosistemas y que lleva algunos años poniéndose en práctica en distintas partes del mundo. En España, esta perspectiva se materializó en 2022 con la aprobación de la Ley 19/2022, que convirtió al Mar Menor en el primer ecosistema de Europa reconocido como sujeto de derecho, con capacidad jurídica para existir, evolucionar, ser protegido y ser restaurado, del mismo modo que cualquier otra persona jurídica.
Otra forma de mediación es la del diseño urbano para la adaptación al cambio climático, del que hay muchos ejemplos, pero voy a mencionar el de Copenhague. En 2012 se aprobó allí el Cloudburst Management Plan, una estrategia integral que rechaza la respuesta convencional ante las inundaciones y apuesta por algo más radical: rediseñar el tejido urbano para que la ciudad aprenda a convivir con el agua en lugar de, simplemente, expulsarla. Aunque consta de múltiples intervenciones, quizá su proyecto más emblemático es Enghaveparken. El plan reinterpreta el trazado neoclásico original del parque para crear un sistema capaz de almacenar 22.600 metros cúbicos de agua de lluvia extrema, protegiendo 110 hectáreas de distritos urbanos circundantes. Además, el agua no desaparece: tras la emergencia, circula por un canal donde los visitantes pueden interactuar con ella y alimenta una fuente-jardín, ahorrando millones de litros de agua potable. Por supuesto, el modelo no está exento de fricciones: la calidad del agua plantea problemas por la presencia de microplásticos y otras sustancias y, además, el plan carece de “fuerza legal autónoma”, dependiendo su implementación de la integración en otros instrumentos normativos.
LUIS: Otra forma de mediación tiene que ver con el Tercer paisaje de Gilles Climent y cómo ha influido en la forma de entender algunos espacios. En El manifiesto del Tercer paisaje (Gustavo Gili, 2004), el paisajista y botánico francés proponía la mediación por retirada. No es una renuncia a la acción ni a la política, es la decisión consciente de no imponer un proyecto cerrado sobre territorios donde los ensamblajes existentes ya producen relaciones y biodiversidad. En términos prácticos, el Tercer paisaje se refiere a espacios abandonados, residuales o no planificados —solares vacíos, márgenes de carreteras, bordes urbanos— donde la intervención consiste en no intervenir y permitir que los procesos sigan su curso. El Tercer paisaje no organiza, no diseña y no traduce intereses humanos en el espacio. Se sitúa al margen de las lógicas clásicas de planificación y gestión, pero no es una retirada neutral o ingenua: cuestiona quién decide y cómo se gobierna el espacio; permite la emergencia de dinámicas ecológicas no programadas; dota de significado e importancia a lo que no la tenía, e introduce y juega con los intersticios y zonas indeterminadas. Así, desplaza la mediación en el diseño hacia un enfoque basado en la completa indeterminación.
Para ir concluyendo, podemos decir que hay una especie de metabolismo autónomo en las ciudades: va todo a una misma velocidad y se intercala el ser humano con las dinámicas ecológicas, y viceversa. Esta interacción provoca lo que el mismo Bruno Latour formula como “vínculos de riesgo”. Estos son las relaciones de implicación mutua que se generan cuando humanos y no humanos quedan entrelazados a través de cuasi-objetos. La acción de unos expone a otros a consecuencias inciertas: una obra o una decisión técnica modifica flujos de agua, calor o especies, afectando a cuerpos y territorios que no estaban previstos como destinatarios. Son vínculos que no se eligen ni pueden gobernarse de forma total. Según esta idea, el riesgo no es un fallo del sistema; es la condición de las realidades híbridas. Allí donde aparecen, ya no es posible separar con claridad quién actúa, quién decide o quién soporta las consecuencias. Por eso los vínculos de riesgo nos obligan a entender algo incómodo, pero esencial: no podemos preverlo todo ni eliminar la incertidumbre. Pero esto no anula nuestra capacidad de acción ni nuestra responsabilidad. Lo que hace es redefinir la gestión urbana y de lo común como una práctica que opera en condiciones de indeterminación: intervenir implica siempre asumir consecuencias no completamente calculables. En este marco, la ciudad deja de ser el espacio de una cultura que ordena una naturaleza externa y pasa a entenderse como un ensamblaje híbrido, en el que actuar políticamente supone gestionar relaciones metabólicas entre humanos y no humanos, más que imponer límites estables entre ambos.
Daniel Ayala
Arquitecto experto en ciudades sostenibles. Miembro del equipo de Khora.
Luis Estellés
Ingeniero de montes experto en infraestructura urbana verde. Miembro del equipo de Khora.