Fricciones #4: El Tao de las ciudades, del storytelling al storydoing
La comunicación forma parte de las estrategias urbanas: vídeos, fotografías, carteles, ilustraciones, redes, eventos, relatos, marcas… La ciudad se cuenta constantemente y de formas diversas, pero ¿con qué objetivos? En esta edición de Fricciones, la newsletter y plataforma de pensamiento de Khora, queremos ir más allá y nos preguntamos cómo diseñar una acción comunicativa que ayude a impulsar políticas transformadoras y, por tanto, tenga un impacto real y positivo en la ciudadanía. Cómo pasar del storytelling al storydoing.
Cuando se habla de ciudad, nunca sobra recordar que la raíz latina de la palabra es civitas, que se refiere al “conjunto de ciudadanos”. Para referirse a la ciudad física, los romanos utilizaban la palabra urbs, que también hemos heredado, pero cuando querían hablar de la comunidad que vivía en ella y de su organización, se quedaban con civitas. Por eso Walt Disney World, en Orlando, no es una ciudad. Aunque tiene edificios, calles, infraestructuras, su propio código postal y un recinto casi tan grande como el municipio de San Francisco, aquello es un parque temático diseñado y construido con fines recreativos y meramente empresariales. La comunidad allí no es ciudadanía: son clientes y trabajadores dentro de un sistema de interacciones orientado, en última instancia, a satisfacer los intereses de The Walt Disney Company. El ejemplo, por si alguien tenía dudas, no es casual.
Volvamos a la etimología, en esta ocasión de la palabra comunicar. Otra vez una raíz latina —communicare— cuyo significado es “compartir”, “poner en común”. Comunicar, así pues, debería ir mucho más allá de lanzar mensajes o contenidos como quien se deshace de escombros en un vertedero o pone trampas para atrapar presas captando su atención. Para que exista una verdadera comunicación tiene que haber un intercambio y este tiene que ser fecundo.
Según Jürgen Habermas, la acción comunicativa es un proceso que construye entendimiento compartido a través del lenguaje. Para el estadounidense Wilbur Schramm, pionero en los estudios de este ámbito, la comunicación es un proceso circular por el que se comparten ideas o información para que exista una comunidad de pensamiento. Aquí ya encontramos ideas que unen ambas palabras, ciudad y comunicación. Por un lado, la fricción necesaria para que existan. No hay ciudad sin fricción es el punto de partida de esta newsletter y plataforma de pensamiento de Khora Urban Thinkers. Del encuentro y el roce entre personas distintas nace el desarrollo social, económico y creativo que ha venido nutriendo las ciudades desde su origen y nuestra manera de trabajar. Un intercambio que también es esencial en el ejercicio comunicativo para que este cobre sentido. Es así, y aquí viene el otro nexo, como se conforma una comunidad: compartiendo vivencias, historias, relatos que explican el devenir y pueden influir en el porvenir de una ciudad, de una sociedad.
¿Respeta todo esto el ejercicio comunicativo de los asuntos urbanos? ¿La forma en que las ciudades se dirigen a sus ciudadanos y grupos de interés ayuda a consolidar y hace avanzar el desarrollo de las comunidades que las conforman? ¿De qué manera dialogan y se relacionan la acción comunicativa y la acción política sobre la ciudad? Quizá hoy sea revolucionario decirlo, pero a veces parar y hacerse las preguntas adecuadas es la forma encontrar los caminos adecuados para seguir adelante.
De la marca al relato, pero…
Durante los últimos años hemos vivido cierta obsesión por parte de las administraciones locales por la marca ciudad. Aunque muchos consideran que es una moda ya superada, como pasó con la de las smart cities, es posible que aún haya demasiadas urbes convencidas de la pertinencia de simplificar toda su complejidad pasada, presente y futura en un formato comercial que luzca en un logo, una presentación o en un stand de una feria turística. En cualquier caso, lo que parece claro es que estamos metidos de lleno en la era del relato de ciudad.
Nos encantan los relatos. Las historias que nos contábamos en torno al fuego y los vídeos de YouTube, las novelas de caballerías y las noticias de la prensa deportiva, los chismes que nos susurran los amigos y las charlas TED. Utilizamos los relatos “para controlar el mundo social que nos rodea”, dice Will Storr en La ciencia de contar historias (Capitán Swing, 2022), un libro en el que argumenta, a partir de la neurociencia, cómo nuestro cerebro se sirve de la construcción de narraciones para asimilar la inmensa complejidad en la que habitamos. Por ahí va, también, una de las tesis fundamentales de Sapiens (Debate, 2015). Escribe Yuval Noah Harari: “La ficción nos ha permitido no sólo imaginar cosas, sino hacerlo colectivamente”.
Por eso la ciudad se puede explicar mucho mejor a través de relatos que de marcas. Pero ¿qué relatos y, sobre todo, para qué los queremos?
Las narrativas urbanas deberían basarse en los imaginarios que ha ido creando, conformando y cohesionando la comunidad de cada ciudad. Deberían ser, por tanto, una plasmación de su forma de percibirse, comprenderse y sentirse, fomentar el entendimiento compartido que señalaba Habermas. Tendrían, pues, que capturar las esencias (en plural) de la ciudad. Pero también deberían servir para que esta enfocase sus futuros (también en plural) desde pensamientos transformadores compartidos y para impulsar, desde ahí, políticas públicas que los plasmasen en mejoras que reviertan realmente en la comunidad, en la civitas. Lo cierto es que no siempre ocurre así.
Muchas narrativas urbanas acaban siendo documentos llenos de buenas intenciones, a veces con conceptos repetidos que hacen indistinguibles las singularidades de unas ciudades y otras y con una mirada estática sobre lo identitario que no beneficia las evoluciones necesarias. En bastantes casos, además, las historias se quedan en contenido, una serie de promesas que no terminan de tener impacto real sobre la realidad urbana.
Del storytelling al storydoing
“Hoy, poseemos cantidades enormes de información y cada vez somos menos capaces de predecir el futuro. Nuestros antepasados vivían en sociedades mucho más escasas de datos, pero podían hacer planes para ellos mismos y para sus descendientes. Nosotros tenemos cada vez menos idea del mundo en el que nos despertaremos mañana por la mañana”. En La hora de los depredadores (Seix Barral, 2025), Giuliano da Empoli explica, entre otras cosas, cómo la política basada en el storytelling ha despertado monstruos que creíamos dormidos y cómo eso socava la confianza en la democracia. Y, también, cómo nos impide gestionar la incertidumbre y pensar e implementar los futuros que queremos. Es momento de pasar del storytelling al storydoing.
Que las historias se hagan realidad es la única manera de lograr que la comunidad avance agarrada a una cohesión que no significa uniformidad. Podemos estar en desacuerdo en muchas cosas, pero seguro que somos capaces de coincidir en algunas fundamentales que nos hagan evolucionar, vivir mejor. Ver los resultados de esos acuerdos sólo puede generar mayor sentido de pertenencia y una ambición de ir hacia delante siendo capaces de enfrentar los desafíos que vienen. Para ello, las ciudades deberían posicionarse.
En marketing, posicionamiento es el lugar que un producto o servicio tiene en la mente de los consumidores en relación con la competencia. Cuando hablamos de ciudades, sin embargo, posicionarse no debería significar competir por un hueco en el mercado global de los imaginarios, sino algo más profundo: entender qué lugar se ocupa y qué lugar se quiere ocupar en el espacio y en el tiempo. Saber de dónde se viene, reconocer cómo se es, analizar el contexto y, desde ahí, decidir hacia dónde se quiere ir.
La palabra china tao o dao es fundamental en tradiciones como el confucionismo, el budismo zen y, claro, el taoísmo. Significa tanto «vía» como «método». Lo explica Chantal Maillard en Las venas del dragón (Galaxia Gutenberg, 2021): “Examinar la naturaleza de las cosas significa averiguar el modo en que actúan las fuerzas, no para someterlas sino para encauzarlas: llevarlas por su cauce y que no se desborden”. Quizá sea eso lo que hoy necesitan las ciudades: más que un relato que las identifique, una vía que las oriente. Una forma de reconocer sus fuerzas, tensiones y posibilidades para encauzarlas en beneficio de la comunidad que las habita. Quizá sea el momento de que las ciudades encuentren su tao.
Pedro Bravo
Escritor y responsable de comunicación de Khora Urban Thinkers. Su último libro es Antes todo esto era ciudad. Por qué la vida urbana se ha vuelto extraña y qué podemos hacer para transformarla (Debate, 2026).